miércoles, 13 de mayo de 2009

Una princesa sin baile de fin de curso.

Su silla y su mesa eran los únicos amantes que tenía. Y sus paredes floreadas con un fondo rosa eran la prisión que la encarcelaba cada día más. Las paredes se estrechaban hacia su cuerpo y su ventana era la única vía de escape hacia la realidad que tantas veces había añorado.
Su pelo rubio había sido una de sus ideas para sentirse confortada, para verse guapa, sin que nadie le dijera lo contrario.

La noche anterior, lo decidió, después de haber tenido una fuerte discusión y haberse sentido realmente inútil al comprobar que lo que había hecho desde que había nacido, no había tenido compensación en el resto de su vida. Sus amigas habían sido más listas que ella y habían re ibido unos estudios superiores. Pero ella no tenía tiempo para nada más que cuidar a su madre, infectada de una enfermedad desconocida a la que la Medicina aún no había encontrado soluciones posibles ni antídotos que curasen los efectos de su madre y las heridas que ella sufría en soledad. Al poco iempo su madre falleció y ella comenzó una nueva vida en casa de su tía, sintiéndose libre de cualquiera de las preocupaciones que antes vivía cuando su madre padecía su dolencia terminal.
Pero pronto se sintió falta de libertad, "típicas rebeldías adolescentes", penso su tía; mas tarde conoció al que ahora era su marido, se enamoró perdidamente de él y se fueron a vivir juntos. Poco más tarde se casaron.
Fue entonces cuando todo cambió. Discutían frecuentemente. Él despreciaba su tarea de ama de casa y le ecahaba en cara el dinero que ella gastaba en la comida y en su ropa( justamente un par de mudas para salir de casa a hacer tan solo las compras básicas.

Cerró los ojos e intentó dormir aquella noche. Estaba agotada. Había atendido a los dos niños y había preparado la cena, espués de haber fregado los cacharros de la cena.
A la mañana siguiente, después de haber mandado a los niños al colegio, comenzó a organizar la nueva vida que ella pretendía.
Pidió cita en la peluquería y se decidió aquella mañana a buscar trabajo, luciendo sus mejores galas. Se miró en los cristales de los escaparates y se vio una mujer nueva. Su pelo rubio caía sobre sus hombros y su vestido estilizaba su figura delgada, a pesar de los dos partos.
Llegó a casa y encendió un cigarrillo, al mismo tiempo que se apoyaba en la mesa. Una mano recogía su mejilla coloreada con pinturas baratas y la otra mano rodeaba su brazo, que se sentía falto de cariño.
La imitación barata de Chanel nº 5 impregnaba toda la cocina. Su chal cubría la delicadeza de sus hombros.
Apagó el pitillo en su viejo cenicero amarillo. Se sentía una mujer libre con el reciente trabajo que había conseguido esa misma mañana en una pastelería. Empezó a hacer la comida.

...Un ave con las alas rotas que se sentía libre. Una princesa sin baile de fin de curso.

1 comentario:

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