viernes, 5 de junio de 2009

UN MILAGRO ENTRE NOSOTROS.




"No sereis dos, vais a tener una hermanita nueva," dijo mi madre. Le miré a mi hermana mayor y sonreimos nerviosas. Casi al unísono miramos las dos la tímida tripa que sobresalía del resto del cuerpo de mi madre. Por entonces, mi hermana tenía once años y yo ocho. Compartir los juguetes y los ratos libres para sacara pasear a la pequeña, pronto sería una de las disputas más fuertes entre las dos.
Mi madre iba aumentando su peso y semanalmente la acompañábamos a las revisiones ginecológicas, donde veíamos a través de las ecografías el nuevo ser que se estaba gestando en ella.
Por entonces habíamos comprado una casa en Laredo. Mi madre salía de cuentas el mismo fin de semana en que mi hermana y yo nos fuimos con mis abuelos maternos al sitio de veraneo. Era agosto y hacía un calor axfisiante. Después de cenar, nos arreglamos para salir con las amigas, pero de pronto, una llamada a mis abuelos nos alertó de que algo pasaba. Mis abuelos nos diernos la buena noticia, " vuestra madre está a punto de dar a luz".
Andábamos por los pasillos con los ojos despistados y brillntes de la emoción a la vez. Entramos en Maternidad . Íbamos chocándonos con las ajetreadas enfermeras que iban de un lado para otro. De repente, oímos unos sollozos, acompañados seguidamente de unos sonoros lloros. "¿Y si es ella?", me dijo mi hermana.
-¿María Concepción García?- preguntó mi abuela.
-Habitación 125- respondieron en recepción.
Nuestros pies volaban, no rozaban el suelo. Mirábamos hacia ambos lados del pasillo. Y por fín la encontramos. Cruzamos el umbral de esa puerta que separaba nuestras vidas de una felicidad absoluta que no se agotaría mientras ella siguiese existiendo.
Mi madre sonreía. A su lado, dormitabauna pequeña cabeza se asomaba entre las mantas que la arropaban. Pronto comenzamos a pensar entre todos un nombre acorde con los gustos de los cuatro. Carla y Carlota eran los que mi madre había pensao, en honor a mi padre, Carlos. Pero nosotras pensamos otro que nos gustaba más y que resultó er elegido: Vanesa.

Los primeros días en casa fueron como un sueño, una realidad demasiado bonita para ser cierta. Necesitaba tenerla a mi lado para creer que existía. Necesitaba acariciarla y ver esa sonrisa suya que descubría unas encías delicadas sin huéspedes blancos.

Con el paso del tiempo, cuando Vanesa tenía alrededor de tres meses, mis padres comenzaron a fijar la fecha del bautizo. Por entonces yo andaba preparándome para recibir mi Primera Comunión y mis nervios estaban siempre a flor de piel. Deseaba acabar lo antes posible las clases y la catequesis para llegar a casa y verla de nuevo. Era mi recompensa diaria.
Dos meses antes de mi Comunión, alguien tuvo la brillante idea de hacer el bautizo d mi hermana junto a mi ceremonia y así fue.
El trece de mayo de 1995, mi casa era un hervidero de emociones. Vanesa lucía un precioso faldón blanco y rosa a juego con una minúscula chaqueta de angora rosa y un adorno en su castaño pelo.
En la iglesia el bautio fue media hora antes de que yo comulgara por vez primera.
La miré y me sonrió con la inocencia tan intacta, que supe que iba a quererla toda la vida y que no habría nada que pudiese separarme de ella.

3 comentarios:

  1. creo que es física, psicológica, médica, literal y metafóricamente imposible que quieras más a Vane de lo que la quieres ;)

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