sábado, 18 de junio de 2011

Entre irrintzis y queimadas.

Isabel desayuna siempre sopas (trozos de pan mojados en leche), un kiwi y un zumo de naranja. Pero cuando vino a Bilbao, no tenía ni para comprar un kilo de carne para toda la semana. Su vida ha estado marcada por la tragedia, de la que ha salido airosa muchas veces.

Durante sus primeros años de vida, la pobreza en la España franquista se agudizó en las zonas rurales de Galicia, donde nació.

La escuela era un privilegio y de pequeña solo iba una vez a la semana, porque tenía que ayudar a su madre en el campo con sus seis hermanos. De su padre apenas tiene recuerdos, pues murió con 39 años de una pulmonía, cuando viajaba en el techo de un autobús en plena llovizna nocturna. Por entonces ella tenía 8 años y para ir a misa los domingos, su madre le lavaba la ropa el día anterior, pues era la única muda que tenía.

Con veinte años decidió asegurarse un futuro trasladándose a Bilbao, donde uno de sus hermanos ya había inmigrado.

Durante los primeros años trabajó en la RAM, en una fábrica de gomas y haciendo zapatos por 150 pesetas al mes.

La agudeza de esta mujer la llevaba a ducharse en las fábricas donde trabajaba, pues en la habitación donde estaba alquilada, por siete pesetas al día, no había agua corriente. Y para asearse en condiciones iba a las duchas públicas, donde aprovechaba para lavar la ropa a escondidas.

Para divertirse, pagaban un duro por persona para bailar en las plazas de los pueblos. Pero siempre intentaba colarse, agachándose para atarse el zapato cuando la buscaban por no haber pagado.

Las patatas y el pan eran la dieta de Isabel y sus dos compañeras de piso, con las que dormía en una misma cama. Cada mañana la despertaban las vecinas para que fuera a trabajar, porque ella no tenía dinero para un reloj.

Y todos los días cruzaba la Ría en un bote donde el remero le perdonaba los 50 céntimos de peseta que costaba.

Recuerda con tristeza la muerte de su hermana, arrollada por un camión en Bilbao y de la que se enteró por el periódico.

Conoció a su esposo José, inmigrante gallego también, coincidiendo siempre en la misma calle. El joven también estaba alquilado y “estaba muy flaco, porque la comida que compraba se la comía toda su patrona”, recuerda Isabel.

Se casó con 25 años, a las 7 de la mañana, enfundada en un vestido negro y embarazada de cuatro meses. Su banquete fue un desayuno en una cervecera con 10 invitados. Y el destino de su luna de miel fue al pueblo, en Galicia. Por casarse en menos de 60 días, recibió 3.500 pesetas del Estado y mil más por su primera y única hija.

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